domingo, 25 de octubre de 2026

La moda sí incomoda*

 

Bibi Galeano



Siempre que estoy de compras y la vendedora me indica que lleve un producto porque está de moda, siento una especie de escozor y la única reacción posible luego es salir del almacén sin mirar atrás. La palabra moda en general me incomoda, hay algo de impersonal en ella y mucho de carga ideológica.

En muchos órdenes se podría decir que la moda es la manera en que lo que se produce en serie se vende a todos, se impone a la multitud. Es la manera en que el mercado distribuye sus productos y a la vez se supone como una expresión del económico.

En coherencia con ello, ya que la moda se refiere a lo nuevo y se supone en ella un carácter de innovación, de renovación y mejoramiento, entonces, poder estar “a la moda” significa en muchos contextos progresar, superar lo viejo, transformarse,

No obstante, lo que tiene de innovación también lo tiene de efímera. La moda es fugaz, no perdura, es pasajera… Con todo y que muchas personas se esfuerzan, trabajan, corren y hasta se incomodan por “estar a la moda”, en un abrir y cerrar de ojos esta caduca, se vuelve otra y aquella primera termina en el olvido.

Sin embargo, como expresión del consumo, la moda también tiene que ver con la necesidad de pertenecer, en ella también se expresa la posibilidad de integrarse a un grupo social. La moda se generaliza a través de la imitación, en tanto que extensión de la vida del grupo a la vida individual, donde el ser se libera de la necesidad de elegir y ella le permite hacer parte de algo.

A la vez, la moda le da a la persona la posibilidad de destacarse, de distinguirse, por ello incomoda, pues habría que preguntarse hasta donde va la moda y donde empieza la identidad del sujeto, cual es ese punto en el que una y otra confluyen sin rivalizar.

Al respecto es necesario tener en cuenta que como se ha dicho, las motivaciones para la pertinencia de la moda están más cerca de un sentido socialmente construido que de un nivel práctico de la existencia. Ella permite que clases y grupos sociales en su interior se integren pero en el conjunto de la sociedad se diferencien de otros grupos, casi siempre en razón a las condiciones socioeconómicas de unos y otros, de ahí su estrecha relación con el mercado.

Hay que decir entonces que la moda además de referirse a aquellas tendencias repetitivas ya sea de ropa o accesorios, también se expresa en estilos de vida y maneras de comportarse, que marcan o modifican la conducta de las personas. Tal como lo expresara Gabrielle Coco Chanel “la moda no existe sólo en los vestidos. La moda está en el cielo, en la calle, la moda tiene que ver con ideas, la forma en que vivimos, lo que está sucediendo.”

Y justamente ahí está lo que incomoda, en el hecho de que la moda trascienda la cultura y muchos otros elementos que podrían considerarse esenciales en el ser, para imponer la hegemonía a través de criterios estéticos que en muchos casos no tienen nada que ver con los intereses del sujeto o sus convicciones.

En este sentido, la moda siempre tiene que ver con el presente, con el ahora, con el momento en que logra dominar con intensidad las más profundas concepciones del ser, aquellas que antes podrían haberse considerado incuestionables y que le dan paso a lo fugaz y efímero que conlleva la moda.

De ahí que sea la ciudad el escenario propicio para que la moda se imponga. En ella, como en otros ámbitos del mundo contemporáneo, esta la diversidad, el predominio de los sentidos, la transformación permanente, allí donde la presencia de la multitud de algún modo imprime la necesidad de la exaltación del individuo como singular y a la vez su instinto gregario.

'la moda no ha sido otra cosa que la parodia del cadáver colorado, la provocación de la muerte a través de la mujer y un amargo diálogo en voz baja con la putrefacción entre estridentes risotadas mecánicamente repetidas. Esta es la moda. Por eso cambia tan rápidamente, provoca a la muerte y cuando esta se da la vuelta para vencerla, ya se ha convertido en otra, nueva". Walter Benjamin


* Este texto lo publiqué originalmente hace como 10 años en un blog que ya no existe y que era dirigido por un antiguo estudiante de Comunicación que me pidió una colaboración, pero me parece un buen texto para volver a la escritura por este canal.

martes, 1 de agosto de 2017

El oficio de ser mamá

Y él, que no se llamaba Juan Manuel como el de la canción, no cumplió con sus promesas de rendir el libre preescolar y ponerse a trabajar...

Entonces me convertí en madre soltera. Y es que no sé por qué no quise ver las señales de que este era el único destino posible, si eran tantas. Una de ellas se me vino a la mente hace unos días cuando una persona cercana me comentaba que tendría que ir sola a la mayoría de sesiones de psico-profiláctico porque su esposo debía trabajar. No pude evitar pensar que yo, como muchas otras mujeres, también tuve que ir sola porque quien era mi "compañero", el padre de mi hijo, no quiso acompañarme. He ahí una de esas señales que yo me negué a ver. Y claro, en ese momento uno puede experimentar varios sentimientos poco agradables por esa razón, después de todo, cualquier mujer embarazada es un torbellino de hormonas que afectan el modo en que ves la realidad del momento. 

Después de varios años, comprobé que yo podía ir con mi hijo a otro lugar, rendir el libre preescolar y ponerme a trabajar, mientras tanto iba aprendiendo que ser mamá es más que un oficio consistente en cuidar al bebé, cambiarle el pañal y darle de mamar. Que de seguro para muchas mujeres es importante contar con alguien que te acompañe y te apoye, pero que el resto podemos hacerlo de otra manera, crear esa manera y hacerlo bien o mejor.

De hecho, a un par de semanas del cumpleaños número doce de mi hijo, todavía estoy aprendiendo sobre lo complejo de ser mamá y de ser familia, incluso para entender que tal vez haya momentos en los que tu silencio y tu ausencia de la vida de los otros puede ser más provechoso que tus esfuerzos por apoyarlos. 

Después de estos maravillosos trece años de maternidad (trece porque el embarazo también cuenta), me he visto cambiar mis sentimientos, mis expectativas, mis intereses y hasta mi territorio. Después de tanto soy yo misma siendo otra mujer, más tranquila ante muchas situaciones de la vida y más grande frente a otras que antes me desbordaban. También más dispuesta a seguir aprendiendo, porque todavía el camino es largo, ¡y amén por eso!


Macaferri & Asociados - El Oficio de ser Mama 


jueves, 29 de mayo de 2014

Pasos para cerrar un ciclo

Todavía recuerdo ese día como si fuera ayer... cuando el médico salió de la sala de cirugía y nos dijo que Gabriel había perdido su ojo derecho, no hice más que llorar, estaba molesta, confundida, profundamente triste y decepcionada de todo, de todo lo que había hecho para lograr que lo operaran, de todo lo que no había hecho, de todo lo que no podía cambiar... Él estaba ahí, no puedo expresar qué tan triste o afectado, pero seguramente no se sentía bien, también era su hijo el que pasaba por eso; lo único que recuerdo es que en ese momento me pidió que nos casáramos y claro, todavía no sé para que servía esa petición ante tal situación, lo cierto es que no nos casamos, por fortuna.

Más tarde, cuando recibimos a Gabriel, que estaba adolorido y que a su corta edad seguramente no entendía lo que estaba pasando, él se puso a llorar, creo que nunca antes lo vi llorar de esa manera, era un hombre destrozado... entonces, con mi bebé en recuperación después de una larga cirugía y su padre envuelto en llanto, yo no tenía de otra, no podría sentarme a llorar con ellos, alguien debía asirse de un tronco para que no naufragáramos los tres. Tuve que encontrar fuerzas en donde no tenía porque lo que vendría sería largo y complicado.

Él se fue y yo me quedé en el hospital con mi hijo. Creo que de algún modo ese día era su partida, no sólo del hospital sino de nuestras vidas. Después de eso hubo buenos momentos y otros no tan buenos, pero él ya no iba a estar con nosotros. No sé cómo explicarlo, pero desde ese día él se marchó, le puso otro rumbo a su vida y, aunque algunas veces fue al hospital y a casa, sus prioridades cambiaron de un modo definitivo.

Eso fue cuando Gabriel tenía un poco más de año y medio. Hoy mi hijo se acerca a sus nueve años y de manera general he de decir que ha crecido sin su padre. sabe quien es, lo conoce y sin duda lo ama. No sé qué sienta sobre su ausencia y como muchas madres solteras, nunca sabré si las cosas son mejores así o si debo hacer algo para que el padre de mi hijo haga presencia en su vida. Pero más allá de eso, tengo una convicción, aunque mi hijo no es perfecto, es grandioso, es un niño inteligente, tierno y simpático, con muchas capacidades para aprender y mucho para dar y eso es algo que quisiera compartir no sólo con su padre, sino con todas las personas que nos han conocido.

Es curioso porque yo no era de esas mujeres que pensaba que su mayor realización personal era ser madre, pero Gabriel le ha dado a mi vida tantas cosas maravillosas que hoy no me imagino el mundo sin su existencia, sin su sonrisa, sin sus abrazos, sin sus sueños y sin sus preguntas. Creo que hasta ahora hemos logrado algo básico y es que somos felices, mi hijo y yo vivimos con tranquilidad, entre las carencias y las abundancias que da la vida, vamos adelante y aunque todavía lamento que él se haya ido, entiendo que así debieron ser las cosas, incluso para que yo pudiera saber que podía sacar adelante a mi hijo sola y por qué no decirlo, para que mi pequeño comprenda todo lo que puede lograr una mujer.


martes, 21 de mayo de 2013

Soledad (II)



Creo que ya fue más que suficiente, ya han sido bastantes lágrimas por el dolor y la rabia por lo que no fue o por lo que salió mal, ahora es el momento de retomar la vida, basta ya de lamentarme por haber aceptado tantas cosas y por no resolver otras. 

Claro, diez años de vivencias no se olvidan de un día para otro, de hecho, siendo honesta no creo que lo que necesite sea olvidar; al contrario; creo que hay muchos recuerdos que deben permanecer en mi mente, unos que valen la pena porque fueron momentos felices, otros porque al olvidarlos se pueden repetir. Mas  ahora he decidido que no me puedo quedar en los recuerdos, tengo que vivir, quiero seguir adelante, reconstruir el camino, volver a querer desde lo fundamental que es quererme, valorarme y confiar en quien soy.

No obstante, hoy sé que querer a alguien de nuevo o compartir mi vida con otro ser, no significa llenar un vacío sino compartir la riqueza que hay en mi soledad, explorar el mundo que implica conocer a alguien más, aprender, ser de nuevo con todo lo que ello conlleva.

Si, puede que otra vez lastime y me lastimen, puede que no salga tan bien o que sea maravilloso, puede que vuelva a reír y a llorar, mucho o poco, puede que dure mucho o no dure nada, puede que encuentre un simple amigo o una gran pareja, puede que resulte o que no y en todo caso valdrá la pena, porque he ahí el sentido de la vida, en vivirla con todo lo que trae. 

En definitiva, la vida sólo tiene sentido en la medida en que nos reta, nos exige resolver problemas, esforzarnos y crear, aunque las cosas no siempre sucedan como esperamos el sentido de nuestra existencia está en ella misma y en todas las experiencias que ello implica. 

Finalmente puede que afuera no haya nadie a quien se le pueda llamar pareja y aún así valdrá la pena intentarlo, porque tras esa posibilidad también esta la vida y por ende, la experiencia que nos permite descubrir en los otros y en nuestro entorno, las oportunidades para ser y crecer y de ese modo darle sentido a nuestro corto paso por el mundo. 




martes, 30 de abril de 2013

Soledad (I)


Invertimos tantos esfuerzos buscando a otros que corremos el riesgo de perdernos en el intento

En nuestro idioma, y quizá en todos, hay un montón de palabras que además de su significado literal, tienen una carga de valor profunda y muchas veces nefasta; son palabras que al pronunciarse parecen el monstruos dentro de las frases. Algo así con la palabra soledad, cuando se nombra en una oración, en un poema o en una descripción, parece que se hablara de algo terrible, que no debe ser. Por supuesto, ello genera estereotipos, prejuicios y miedos. Se nos ha dado a pensar, por ejemplo, que quien vive mucho tiempo solo se convertirá en un ser huraño y malvado.

Vivimos en un ambiente que de múltiples maneras nos incita a combatir la soledad, a llenar ese aparente vacío que hay tras el hecho de estar solos, un vacío que debemos colmar de personas, animales, objetos, divinidades y espejismos. Entonces, para muchos de nosotros la necesidad de combatir la soledad se convierte en desesperación y terminamos aceptando compartir nuestros espacios con gente que en realidad no nos valora o aprecia lo suficiente, tan sólo por evitar seguir solos.

Yo pasé más de diez años intentando compartir mis espacios con alguien. Es curioso porque ahora que lo analizo con detenimiento, la mayor parte de ese tiempo él no estaba o estaba queriendo otras cosas, de manera que quisiera o no, tuve que afrontar innumerables situaciones sola y no lo lamento porque aunque las decisiones no siempre fueron las más acertadas, su ausencia, mi soledad, me ha permitido asumir mis decisiones, tomar las riendas de mi vida y escoger el camino que he considerado mejor para ella. En soledad decidí ser madre, vivir en una ciudad o en otra, estudiar, trabajar, en soledad he reído y por qué no decirlo, también he llorado y me siento afortunada de todo eso, porque sola he creado múltiples espacios para vivir y para que mi hijo viva y crezca, para que crezcan mis ideas, mis alegrías, mis esperanzas, mis pensamientos.

Es por eso que hoy sé que la soledad no merece nuestros temores, porque en ella podemos encontrarnos con nosotros mismos y esa confrontación vale la pena y la dicha. Ha ido la soledad la que me ha enseñado que ella no significa ausencia, significa creatividad y decisión, significa responsabilidad y confianza en uno mismo. La soledad es una oportunidad para saberse a sí mismo y ahora creo que sólo en ese camino se realiza uno lo suficiente para compartir con los otros, para darse al mundo íntegramente.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Año nuevo... historias viejas

Ya empezaron a llegar los mensajes de feliz navidad, qué buen año que tuvimos, próspero 2013 y todo lo demás; yo mientras me estoy dando cuenta que no publico nada desde hace como medio año (que es mucho tiempo en estas redes). Y no es que no tuviese qué decir, al contrario, había tanto que escribir, tantos temas por discutir, que tengo muchas cosas escritas, iniciadas, con preguntas por resolver, y he tenido menos tiempo para corregirlas o publicarlas, por andar pensando en tantas cosas que pasan. Mejor dicho, he hecho de todo sin hacer nada.

Ese último puede ser un buen resumen de cómo fue mi año, estuve con muchas personas en diversos espacios tratando múltiples temas, pero fuera de los logros que obtuvieron mis cercanos, familia y amigos, no pasó nada. En buena medida este año pasa sin pena ni gloria.

Pues si, este año no encontré el amor de mi vida, podría decir más bien que lo perdí y que ni siquiera sé en qué lugar como para ir a buscarlo; tampoco encontré el trabajo de mis sueños, es más, lo más acertado sería plantear que hay mucho de masoquismo en afirmar que existe algo como un trabajo soñado, yo más bien sueño con no tener que trabajar; no realicé grandes viajes, si viajé pero no fue nada más allá de lo común; podría pensar en las amistades que logré, pero inevitablemente se me vienen a la mente las que perdí o tuvieron que salir de mi vida, entonces por ahí tampoco es el balance...

Ahora bien, no se tome este como un resumen de malas noticias o de quejas sobre lo que no se hizo; es cierto, podría haberse hecho más, podría haber perdido menos, pero este fue el año, sencillo, común, ni más ni menos de lo que podía ser, el pleno reflejo de lo que estoy pensando ahora sobre la vida, aunque no específicamente de lo que quiero para ella.

El próximo año todavía no sé como venga, sé que quiero hacer algunos cambios y recuperarme, recuperar el amor, recuperar los sueños, recuperar las pasiones que se han perdido por la vía del aburrimiento o el desconcierto; pero no prometo nada, después de todo, de tanto prometer en este año se fue el tiempo y el viento se llevó las promesas, sin siquiera preguntarme si quería luchar por ellas.


martes, 24 de julio de 2012

¿Por qué estudiar historia?



Hace algunos días un estudiante de primer semestre de historia, en un tono preocupado interrumpió la clase para preguntar si había un modo de realizar alguna actividad para lograr que más personas se inscriban al programa de Historia de la Universidad del Tolima porque siempre el número de inscritos es bajo. En ese momento no supe qué contestar y el asunto por varios días me dio vueltas en la cabeza...



Luego pensé que generalmente cuando se incentiva a alguien para que tome una decisión sobre la carrera profesional se le hacen notar los beneficios concretos de un determinado saber; en ese sentido, por ejemplo, quien escoge estudiar administración sabe que podrá emplearse en una empresa o hasta manejar su propio negocio, quienes optar por la ingeniería civil, por ejemplo, entienden que pueden vincularse en el futuro a la construcción de todo tipo de obras de infraestructura, siempre necesarias en cualquier país, pero ¿por qué estudiar historia?

Puede sonar un poco aventurado que yo, una comunicadora social, intente responder a esta pregunta, sin embargo, los comunicadores también somos responsables de como se construye y cuenta la historia de nuestro país, por eso intentaré avanzar en una posible respuesta y para ello primero creo conveniente aclarar algunos asuntos.

En principio puede resultar difícil decirle a un adolescente que por naturaleza está confundido, que no parece haber una razón práctica para estudiar historia, por lo menos no en el contexto del capitalismo que nos enseña que el fin de una carrera profesional es poder trabajar para conseguir dinero y con este, calidad de vida. Y no es que los historiadores la pasen mal, algunos en cambio son económicamente exitosos, pero mi intención es más profunda.

Lo que ocurre es que entender el sentido real de la historia y de la labor del historiador, no es posible si no nos pensamos un modelo de desarrollo distinto al que se nos ha impuesto. O mejor, la labor del historiador está por encima de las simples relaciones laborales que se construyen a través de otras carreras profesionales. Él tiene el compromiso de narrar a su país, de ayudarle a comprender su pasado para transformar el presente.

Vivimos en un país que, como la mayoría, ha sido narrado por los vencedores, que generalmente son un grupo mínimo de la población que ejerce su hegemonía sobre el resto. Por eso, hoy nuestras narraciones son hechas, en gran medida, desde los medios de comunicación, cuyo fin se enmarca en el desarrollo del mercado, por lo cual sus narrativas están más preocupadas por generar consumo que por escudriñar en el sentido de la realidad que vivimos.

Es en ese contexto en el que se instaura la necesidad de exaltar la labor del historiador: hay que estudiar historia porque habitamos un país que adolece de narradores inquietos, capaces de cuestionarse sobre la historia conocida para escribir otra, más cercana a las mayorías, ya no para favorecer los intereses de unos pocos, sino para construir el país que necesitamos todos.

Hay que estudiar historia porque no podemos seguir dejando en manos del capital la tarea de contar nuestra realidad pues seguramente la seguirá contando a su acomodo; hay que estudiar historia para revivir las voces de los vencidos, de las víctimas, de los dominados, de los que no han tenido vos ni ahora ni antes.

Hay que estudiar nuestra historia para modificar su curso...